Fahs-al-Ballut, un lugar para pensar sobre arte
Fahs-al-Ballut, un lugar para pensar sobre arte
“Fahs-al-Ballut, un lugar para pensar sobre arte”, proyecto y residencia de artistas situada en Hinojosa del Duque (Córdoba), concebida no tanto como un taller para producir obras, sino como un espacio de encuentro, convivencia y reflexión sobre el arte.
En Fahs-al-Ballùt la casa misma forma parte del proyecto artístico. Es una casa familiar en la que se comparte la vida cotidiana y cuya memoria —personas, objetos, paredes e historias— sirve como punto de partida para pensar y crear. No hay necesariamente un estudio convencional ni la obligación de producir una obra; el énfasis está en estar, conversar, investigar y relacionarse con el lugar.
Aquí el arte se entiende como una forma de relacionarse con la memoria, el territorio y otras personas, más que simplemente como producción de objetos artísticos, desde una mirada relacional, “un lugar para estar juntas y juntos y pensar sobre el arte desde una mirada relacional” (Nicola Bourriaud).
En Fahs-al-Ballùt esto deja de ser solamente una teoría sobre arte contemporáneo y se convierte en una forma de organizar un lugar. La casa y lo que hay dentro, sus historias y memorias es el medio. La conversación es parte del proceso. Los habitantes del lugar pueden formar parte del trabajo. La memoria es materia artística y el resultado puede incluso no ser una obra convencional, quizá sea un objeto, una acción, un texto o una conversación.
Dentro de la casa es muy importante el patio, el espacio –junto con la cocina- habitualmente ocupado por las mujeres, donde realizaban muchos de sus trabajos y se reunían ellas solas. La casa es “una casa de mujeres”. Hasta la actualidad, y desde finales del s. XIX, la propiedad siempre ha sido de las mujeres de la familia. Los proyectos pueden trabajar sobre la memoria o obre los oficios que ellas realizaban.
Así que Fahs-al-Ballùt parece hacer algo bastante radical pero aparentemente sencillo: poner el arte en una casa de un pueblo y ver qué sucede cuando se le quita al arte buena parte de su infraestructura habitual. No museo. No galería. No estudio. No necesariamente exposición. Una casa, unas personas, un territorio y unas historias.
Y desde ahí, pensar.
Nicolas Bourriaud formuló en los años noventa la idea de “estética relacional” para describir prácticas artísticas en las que lo importante no era tanto producir un objeto como generar situaciones, encuentros y formas de relación.
Pensemos en una exposición tradicional: artista → obra → espectador.
En el arte relacional, el esquema puede ser más bien: artista ↔ personas ↔ situación ↔ experiencia. Una comida compartida, una conversación, una actividad colectiva o una situación cotidiana pueden formar parte del dispositivo artístico.
Y esto ayuda mucho a entender Fahs-al-Ballùt: la convivencia no es simplemente el contexto de la residencia, puede ser parte de aquello que se está creando.
Pero Fahs-al-Ballùt añade otra cosa: la memoria: relación + territorio + memoria + objetos cotidianos. La casa no es un recipiente neutro donde se aloja el artista. Es un archivo, pero muy diferente de un archivo institucional: no está ordenado, catalogado ni completo. Está formado por fotografías, muebles, cuadros, relatos familiares, silencios, recuerdos y cosas cuyo significado quizá nadie había vuelto a preguntar.
Eso tiene una consecuencia artística muy poderosa: el objeto no representa la memoria; contiene una relación con ella. Una camisa puede ser una camisa, pero también puede ser la camisa que alguien lavaba, planchaba y conservaba después de que su dueño o dueña desapareciera. Un zapato puede ser un zapato, pero también puede ser el último vínculo material con una persona desaparecida. Un mueble puede ser un mueble, pero puede conservar la forma en que una familia vivió alrededor de él.
El mapa conceptual de Fahs-al-Ballùt sería: arte-relaciones-personas-lugar-objetos y recuerdos-memoria-una nueva experiencia compartida.
El arte como algo que no se limita a reflejar la realidad, sino que puede abrir una puerta para mirar más allá de ella. Eso explica por qué Fahs-al-Ballùt puede ser interesante incluso para alguien que no esté especialmente interesado en el arte contemporáneo. En el fondo, plantea una pregunta bastante universal ¿qué hacemos con las cosas, las casas y las historias que hemos heredado? Y quizá esa sea la verdadera razón de llamarlo “un lugar para pensar sobre arte”: no es sólo pensar sobre el arte, sino utilizar el arte como una manera de pensar sobre cómo vivimos y qué decidimos recordar.
Lo especial de Fahs-al-Ballùt no es simplemente que sea una residencia pequeña, rural o alternativa. No es un lugar donde el artista va a “hacer una obra”, esta es probablemente la diferencia fundamental. No hay talleres ni espacios para la creación. En la casa se comparte la vida cotidiana y su eje es la memoria de las personas, los objetos y las paredes. No es ¿qué obra vas a producir aquí?, sino ¿qué puede suceder aquí si un artista permanece, escucha y establece relaciones con este lugar? No se ofrece un espacio artístico, ofrece hospitalidad.
El tiempo de estancia te mete en una casa donde ha vivido y vive alguien. Hay muebles que tienen dueño, fotografías que tienen nombres, objetos que han pasado de una generación a otra, habitaciones asociadas a personas concretas. Por eso la residencia funciona mediante algo que podríamos llamar hospitalidad como metodología artística. El artista no llega simplemente a utilizar un espacio. Es recibido por una historia que ya estaba allí.
El artista no llega con todo decidido, el lugar produce la pregunta. Es decir, no lleva una respuesta al lugar; deja que el lugar genere la pregunta. Eso convierte la residencia en una especie de dispositivo de investigación.
La memoria no es el tema: es el material. Esta distinción también es importante. No es simplemente “vamos a hacer una exposición sobre memoria”. La memoria está incorporada físicamente en el proyecto. Está en las cosas. En la casa de Fahs-al-Ballùt, un objeto puede abrir una historia; una fotografía puede conducir a una persona; una persona puede conducir a un acontecimiento; y ese acontecimiento puede transformar la mirada sobre toda la casa. La casa en una especie de archivo vivo, pero no un museo y ahí hay algo mucho más abierto e imprevisible. Eso es bastante arriesgado para quien dirige el proyecto, porque significa aceptar que el resultado no se puede diseñarse completamente desde el principio.
También el pueblo, Hinojosa del Duque, no es “contexto”, no es hacer un proyecto sobre “lo rural” y después se marche. Aquí la pretensión es distinta. La comunidad no es simplemente el paisaje humano que rodea al artista, forma parte del proceso.
La residencia artística en una situación de hospitalidad, escucha y memoria. El artista no viene principalmente a producir, viene a estar y de ese estar puede surgir una obra.
Para hacer que ocurra arte, se han quitado casi todas las cosas que normalmente identificamos con un lugar de producción artística, el taller, la obligación de producir, la separación entre artista y vida cotidiana. En su lugar hay una casa, tiempo, hospitalidad, memoria, conversación. El proyecto no consiste tanto en alojar artistas, como en crear las condiciones para que se dé una relación entre un artista y un lugar que pueda producir conocimiento.

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