EL SENTIDO Y LA NECESIDAD DE LA PERTENENCIA
EL SENTIDO Y LA NECESIDAD DE LA PERTENENCIA
Zhenxiang Zhao en Fahs-al-Ballut, un lugar para pensar sobre arte
El momento de volver a tu lugar, a aquel que consideras como el sitio al que perteneces, va precedido de múltiples vivencias, unas agradables y otras no tanto, pero todas de una forma u otra te van predisponiendo a buscar en tus recuerdos cuál será ese lugar. Puede ser aquel en el que naciste, a donde están las raíces de tu familia, donde tienes los recuerdos de tu infancia, pero también puede ser otro elegido, otro donde sabes que vas a estar como en un espacio propio, física o psicológicamente.
En mi caso fue el primero, la casa donde nací, el lugar al que pertenece mi familia, el pueblo que nos define y nos configura. Hinojosa del Duque (Córdoba), donde dicen que los que de aquí somos fuertes como leones y sencillos como palomas.
No podría describir una escena concreta que marcara ese instante de volver. En realidad estuviera donde estuviera nunca se ha borrado de mi memoria. Siempre he sabido que este era mi lugar aunque nunca pensé en volver o no sentí la necesidad de hacerlo. Pero después de un tiempo viviendo fuera de España, cuando volví supe que era aquí. Poco tiempo antes de irme murió mi madre y cuando regresé sentí la necesidad no de ocupar su lugar pero sí de cubrir un vacío que sólo podía rellenar yo. Así que no hay un lugar concreto que me llamara, me llamó todo, sus calles, la torre de la catedral, la silueta del monte del Cristo, la plaza, el casino… me llamaron las personas que me reconocen por la calle, muchas de ellas ni se acuerdan de mi nombre, pero sí de quién soy hijo. Me llamaron las calles por que la pasé de niño, de muy niño.
En ese momento de mi vida necesité volver porque necesité tener esa sensación de pertenecer a algún sitio y era este, de formar parte de una comunidad y no es otra que ésta.
Aquí hablaremos de desarraigo y pertenencia, son dos sentimientos que muchas veces van encadenados, que son uno consecuencia del otro. En toda pertenencia hay algo de desarraigo. La necesidad de la pertenencia viene de una experiencia de desarraigo. Por eso necesitas volver, por eso necesitas experimentar ese vínculo con la tierra, aunque a veces esa pertenencia –esa experiencia- sea construida (incluso inventada), pero el dolor del desarraigo te hace necesaria la pertenencia, la búsqueda del lugar, el formar parte de algo. La soledad del desarraigo necesita por contraposición el contacto con las personas de un lugar concreto, de un locus amoenus.
Yo necesitaba recuperar esa sensación de pertenecer, Zhenxiang Zhao por el contrario siente a veces el desarraigo de estar fuera de su lugar y su cultura, pero no la necesidad de la pertenecía. Tiene actos y gestos que lo vinculan o lo distancian, como dejarse el pelo largo, que puede ser parte de ese desarraigo. Pero siente que tiene que estar lejos, que la vuelta nunca va a ser definitiva, no experimenta la necesidad de la pertenencia. Él es un colibrí guerrero y tiene que salir, que explorar. Está marcado para eso desde su nacimiento, su nombre significa “desplegar las alas y volar” y es lo que hace constantemente con su trabajo. Habla del vuelo, de tomar distancia, de mirar desde lejos, desde arriba, de observar y escuchar a sus pies, los que le llevan, que le permiten avanzar, caminar, avanzar. Ese volar tiene una relación con su trabajo muy significativa. Él podría haber contado su historia con el dibujo, la fotografía, la pintura e incluso con el vídeo, pero ha elegido la performance, el arte en movimiento, el arte que avanza, el expresar sus sentimientos con ese abrir las alas para volar, pero las historias que cuenta son de la tierra, pegadas a la tierra, enterradas y desenterradas muchas veces. Zhenxiang vuela, pero no olvida el lugar del que procede, hay por tanto en su obra desarraigo y pertenencia a la vez.
El uso muchas veces de ciertos materiales le conectan con su tierra, con su cultura, con su familia, con los oficios ancestrales de su comunidad. El uso de las fibras naturales, como las que usaba su abuela para hacer los zapatos, esas fibras con las que él ahora está construyendo finos hilos, finos pero fuertes que lo amarran. También el uso del mimbre para hacer objetos que contienen recuerdos y deseos, como también lo hace con las cañas de bambú para crear estructuras que acogen y protegen.
No siente la necesidad de volver al lugar, pero el uso de estos materiales si le hablan –y nos hablan- de cómo está íntimamente conectado con su cultura y con su pueblo. Con recuerdos de su infancia, con la imagen de su abuela tejiendo bajo la tenue luz de un candil. Cuando está trenzando esas finas cuerdas está reconstruyendo esa imagen familiar, está retornando a los cuidados. De alguna manera está experimentando el desarraigo y con el contacto físico y psicológico con el material está construyendo su propio locus amoenus, que no está en ningún sitio físico sino dentro de él, en su memoria. En unos recuerdos que muchas veces son contados, no recordados.
¿Qué significa entonces pertenecer? Para mí es o está en el lugar físico. Está en cada recuerdo que me asalta al pasear por las calles del pueblo, las cosas que viví aquí en esos años, en esos primeros nueve años de mi existencia. Pero en ambos casos es igual, pertenecer no es sólo haber nacido en un lugar, sino sentir que ahí encajan nuestros recuerdos, afectos y raíces. Por tanto, tendríamos que pensar en la diferencia entre “estar en un sitio” y “sentirse parte de él”, porque puedes estar y sentir que estás fuera.
Estos días en Fahs-al-Ballut –y antes, desde que empezamos a hablar- hemos comentado cómo los paisajes, las casas, los rostros, evocan la infancia, la familia, la comunidad. Ahora aquí vemos cómo el pueblo no es sólo un lugar físico, sino también un mapa emocional. El que él traza con las cuerdas que lo amarran a sus orígenes y el que yo imagino con las palabras que describen mis recuerdos anclados en cada calle.
En ambos casos, él lejos y yo cerca y ahora juntos aquí, hemos trabajado sobre cómo pertenecer a un lugar configura quiénes somos y eso, en el sentido del locus amoenus de los clásicos, puede dar calma, fuerza y sentido a lo que hacemos y explicar(nos) por qué lo hacemos.
La pertenencia tiene siempre una dimensión afectiva. No basta con que un espacio sea bello para que lo sintamos nuestro. Lo que lo convierte en un locus amoenus personal es la densidad de recuerdos que proyectamos en él. Cada calle, cada olor, cada gesto de la gente se carga de significados que exceden lo meramente físico. El pueblo deja de ser un conjunto de casas y caminos, se transforma en un lugar cargado de resonancia simbólica, donde lo íntimo y lo colectivo conviven. Es ese sentir que formas parte de ese lugar, de esa esquina por la que has doblado miles de veces, de esa acera por la que has pasado, de ese paisaje que has visto, de ese ruido, de esas piedras de la plaza.
Tal vez lo interesante sea que este locus amoenus no existe fuera de la memoria, sin embargo, sus recuerdos son tan fuertes que lo sientes físicamente presente. Es una construcción tanto como una vivencia. No todas las personas que nacieron en el mismo lugar que yo lo perciben con idéntica emoción, para algunos será un simple espacio de tránsito, para otros un recuerdo ingrato. El sentido de pertenencia es una experiencia subjetiva que eleva un lugar común a la categoría de refugio interior. Durante la estancia en Fahs-al-Ballut lo hemos comentado así, lo hemos sentido así, con los hilos y con las palabras.
El paisaje cotidiano se vuelve escenario simbólico y en él descubrimos no sólo el lugar al que pertenecemos, sino también una clave para entender quiénes somos. Creo que no sabemos bien quienes somos si no conocemos cómo es el lugar de donde procedemos, no sólo el lugar físico, geográfico. Zhenxiang hace ese camino todos los años, cuando vuelve a su tierra y a su familia, cuando viaja con su tío, cuando conversa con su hermano o con su madre. Vuelve y se empapa de nuevo de sus vivencias, renacen en él los recuerdos de su infancia y su juventud, de lo que hizo y de lo que esperaron de él, lo que siguen esperando, pero ante su mente se abren con más fuerza sus alas de colibrí guerrero. Cada día el sol le recuerda que debe desplegar sus alas y volar.
El final de su estancia en Fahs-al-Ballut fue una performance en el patio de la casa. A lo largo de los días fue construyendo unos finísimos hilos con Ma, una fibra natural que crece en las afueras de su pueblo, en China, con la que su abuela tejía ropas y construía los zapatos para la familia. Con esa fibra creó esos hilos con los que hizo trenzas uniéndolas con sus cabellos y uniéndolos a las plantas. Uniéndose a sí mismo a la naturaleza del patio.
Es un trabajo que hacía su abuela y que ahora él ha realizado, como decimos, en el patio de la casa, un lugar esencialmente de mujeres, donde se reunían las de la casa para hacer trabajos domésticos como coser, lavar o hacer punto para tejernos jerséis y bufandas y guantes para el invierno. Ese lugar también donde en verano se sacaba la lana de los colchones y se abría mientras se lavaban las fundas. El patio es un lugar de las mujeres y Zhenxiang ha realizado un trabajo de mujeres uniéndose a las macetas, que también eran cuidadas por mujeres. Ma, la fibra con la que hace los hilos que lo unen a la naturaleza y a su historia, suena en su lenguaje chino muy parecido a mamá. La madre siempre presente, la madre con la que estuvimos unidos por el cordón umbilical, la madre que une, la que crea pertenencia.
En definitiva, el final de su tiempo de residencia ha consistido en un recuerdo/homenaje a aquellas que nos parieron y que nos alimentaron, que nos cuidaron y que nos cuidan. Allí estaba su abuela que les hacía zapatos, pero también estaba mi tía-abuela que nos hacía jerséis y mi madre que nos vestía y nos alimentaba. El patio es un lugar de mujeres en una casa que siempre ha sido de las mujeres de mi familia, mi bisabuela, mi tía-abuela, mi madre. Zhenxiang toma el papel de su abuela como yo, ahora, he tomado el de las mujeres, ahora soy yo el encargado de cuidar la casa y la memoria de la familia, en este lugar al que pertenezco, al que no tengo más remedio que pertenecer.
Fahs-al-Ballut, un lugar para pensar sobre arte.
Hinojosa del Duque (Córdoba). 16-21 de agosto de 2025.
Performance realizada el 20 de agosto, en el patio de la casa.
Fotografías de José Jurado.
Comentarios
Publicar un comentario